Qué esperar de una acogida de verano. (Saboteadores que hay que identificar en beneficio del niño que viene)

Cuando empiezas a pensar si tu familia podría acoger a un niño en verano se puede hacer por razones y con expectativas diversas. A menudo esas razones, que pueden parecer inicialmente hasta buenas, pueden ser pequeñas trampas, saboteadores que hacen que la acogida no sea una buena experiencia y, sobre todo, que es lo más importante, que no lo sea para quien debe ser el centro de ésta: el niño o la niña ucraniana que acogemos.

Dos niñas de Ucrania comen tomate

1. Acoger como un modo de “pedagogía” (con los hijos, la pareja o propia)

Parece inicialmente una idea estupenda. A veces se tienen hijos a los que les cuesta compartir, o están un poco mimados, todo el día con la maldita tablet, van a lo suyo, etc. Vivimos en una sociedad con muchas comodidades donde como padres nos puede resultar difícil a veces decir que no a un hijo.

También como adultos podemos ser nosotros mismos un poco caprichosos o egoistas, tener una vida relativamente fácil o poco exigente, reaccionar mal ante la frustración o tener escasa capacidad de adaptarnos a cambios que implican no hacer lo que nos apetezca, etc.

El acogimiento a veces se puede presentar así como una oportunidad estupenda para vivir en familia (o sólo en pareja si no hay hijos; o solo, si no se tiene pareja) una experiencia que tanto a los niños como a los mayores nos haga vivir más generosamente y mirarnos menos el obligo. ¿Qué puede de haber de malo en ello?

Pues bien, muchos acogimientos pueden tener como efecto secundario ese “mejorarnos” en cuanto a egoismo se refiere, pero no es ese el fin del acogimiento. Y conviene tener especial cuidado con esto pues, sin querer, puede ocasionar problemas.

El fin del acogimiento es siempre el beneficio del niño en acogida (en términos de salud, afectivos, etc.), no nuestro “progreso”, por muy buen propósito que éste sea.

Un niño en acogida no puede ser visto ni aún indirectamente como un ‘sparring’ para que nuestros hijos o nosotros mismos aprendamos generosidad (aunque a menudo vayamos a aprenderla).

 

Si hay poca experiencia previa de hijos, pareja o de uno mismo en compartir o en pasar en determinados momentos a un segundo, tercer o último lugar en la vida familiar o conyugal sin que cueste en exceso o sea un drama, el niño de acogida puede experimentar rechazo o incluso aislamiento que no se merece: él es la parte más débil.

Sin querer, los miembros de la familia o uno mismo puede hacer sentir al niño de acogida como un extraño o un intruso cuando ese compartir cuesta y nos resistimos o nos resentimos al hacerlo.

Es por esto por lo que conviene fijar antes del acogimiento y de forma realista las expectativas en este terreno, así como que los hijos y la propia pareja de acogida entiendan y acepten de verdad ese esfuerzo individual y colectivo que puede suponer el acogimiento. El niño acogido es el protagonista y debe ser el beneficiario de la acogida, no un instrumento.

Si tú, tus hijos o tu pareja no sabéis compartir u os cuesta mucho, o hay circunstancias concretas que hagan prever que puede haber complicaciones en este ámbito, por favor, no acojáis a un niño para “aprender” o “mejorar”, hay otros modos mejores de hacerlo sin utilizar a un niño.

 

2. Acoger porque no tengo hijos y necesito o me gustaría ser madre/padre

En parejas que no tienen hijos, la idea del acogimiento puede ser muy atractiva y presentarse como un modo de rellenar un hueco, una ausencia o un deseo. Parece hasta lógico hacerlo, pero hay que tener cierto cuidado.

El niño ucraniano, la niña, es el que necesita que le cuiden, la “necesidad” o deseo de ser madre o padre es secundaria respecto a las necesidades del niño, que es el centro de todo acogimiento.

 

Por un lado, el niño ucraniano puede tener ya un padre o una madre que, aún en caso de que no le tratasen bien, son los suyos y a los que generalmente quiere. Sin querer, y con las mejores intenciones, podemos pretender o esperar que ese niño nos quiera o que nos trate como padres cuando no lo somos. Incluso podemos pretender que nos trate con afecto, cuando el afecto es algo que puede llevar meses y que, además, se expresa de modo diverso según las culturas y el entorno de donde se venga.

Sin querer también podemos utilizar a un niño de acogida para rellenar un hueco propio y exigirle (o simplemente esperar) que cumpla una función que no es la suya, frustrarnos cuando no sucede y reprocharle abierta o secretamente que no lo haga.

Todo esto puede suceder, y los niños de acogida, aunque no se les transmita abiertamente, lo captan y se resienten.

Es muy importante ser sincero y que el acogimiento nazca no de nuestra necesidad (aunque la haya), sino de nuestra abundancia de amor: ese que daremos gratuitamente y sin esperar nada a cambio.

 

3. Acoger como un acto de voluntarismo o exigencia personal o familiar

Vivimos una sociedad en la que nos exigimos constantemente demostrar cosas, no sólo a nosotros mismos, sino a los demás. Es una trampa constante que se puede colar sin querer, incluso en los movimientos más generosos de nuestra vida o en los más aparentemente solidarios.

El acogimiento puede tener ese atractivo del “más difícil” para algunas familias o personas que se exigen demasiado o, también, para otras que pueden tener la vida aparentemente completa, resuelta, relativamente fácil, y quieren “demostrar”así a alguien (a ellos mismos a veces) que pueden hacer algo por los demás.

Es importante ser muy sincero respecto a las posibilidades reales de tiempo y capacidades que tanto padre como madre de acogida tienen, así como la familia entera, pues las circunstancias pueden cambiar de un año a otro.

 

Esto es algo especialmente importante si se trata de una persona sola que acoge. Nadie es superman ni superwoman. Un acogimiento de un niño ucraniano demanda tiempo y esfuerzo que, si se comparte, resulta más llevadero: un acogimiento es siempre más difícil si se afronta en solitario, por lo que conviene aún más calibrar bien las propias fuerzas y circunstancias.

Un acogimiento es exigente, pero no se es ni peor persona (ni familia) por decidir, a la vista de las circunstancias personales y familiares, que no puede acometerse bien un determinado año o nunca.

De nuevo, el niño de acogida sufrirá si nos encontramos con que el acogimiento nos supera por haber hecho un mal cálculo de nuestras posibilidades reales personales y familiares al respecto. Le podemos transmitir nuestra impotencia o nuestra frustración al respecto y que lo pase mal durante el acogimiento.

 

Aurora Pimentel Igea
Madre de acogida. Ven con Nosotros